Cuatro cubos de aluminio que llegaron al taller con la capa blanquecina y mate característica del aluminio envejecido, además de marcas superficiales de uso.
El aluminio no se oxida como el hierro: no se destruye, pero desarrolla una capa de óxido que apaga la superficie por completo. Bajo esa capa el metal solía estar sano, así que no hizo falta recurrir a chorro de arena.
El trabajo fue un desbaste escalonado, pasando por abrasivos cada vez más finos hasta llegar al pulido especular. Es un proceso lento en el que no se pueden saltar pasos: las marcas de una fase se ven precisamente cuando la pieza empieza a brillar en la siguiente.
El resultado es un acabado espejo, el que más contraste ofrece frente al estado de partida.